Coupages y Ensamblajes

¿Has oído hablar alguna vez de Coupages o Ensamblajes en el mundo del vino?

Por si no lo sabías, tanto el Coupage como el Ensamblaje, son palabras de procedencia francesa que vienen a ser lo contrario a los vinos monovarietales en los que sólo se utiliza una sola variedad que queda reflejada en la etiqueta al 100%.

Así, Coupage se utiliza para designar vinos que se elaboran mezclando distintas variedades de uva o la misma uva pero procedente de parcelas distintas.

En ambos casos este proceso se realiza normalmente en bodega y antes de que la uva haya fermentado.

Por otra parte, el término Ensamblaje hace referencia a la mezcla de vinos ya fermentados y procedentes de variedades de uva distintas para darles esa singularidad y carácter propio que se busca para cada uno.

 

Y este es el caso de Conzieto

Las uvas que cultivamos tienen maduraciones diferentes y por tanto cada una llega a la bodega en distintos momentos. Después, cuando las uvas fermentan y los vinos están terminados, hago el ensamblaje con el resto de variedades que componen ese vino.

Aquí generalmente cada partida de vino hace su fermentación por separado en nuestros depósitos de acero inoxidable y, una vez ya hecho el ensamblaje, cada uno tiene la crianza que le corresponde.

Como curiosidad te diré que puede haber un margen del 15% entre lo que dice la etiqueta y las variedades que realmente componen el vino final ya que, en función de cómo haya ido la crianza,  se puede jugar con ese porcentaje para equilibrarlo de la mejor manera posible según tu criterio.

 

Así son nuestros vinos

 BALLARO: 53% de MORISTEL, 22% de TEMPRANILLO y 25% de SYRAH

Este vino he querido hacerlo con estas variedades en un intento de aunar la sutileza de la moristel, con la potencia de la Syrah y la bondad de la Tempranillo, para conseguir un equilibrio entre una gama de aromas compleja y un paso en boca largo y aterciopelado.

 

TENTAZION: 51% de TEMPRANILLO,  26%  de MERLOT y 23% de SYRAH

Este vino ya no tiene tanta sutileza. Su entrada es potente pero glicérica y su equilibrio radica en su fuerza, es la fuerza dominada y bien encauzada.

Esto es posible porque las tres variedades que influyen en este vino son apropiadas para ello. La Tempranillo aporta elegancia, la Merlot complejidad, y la Syrah potencia en el paso en boca.

 

ESENZIA: 40% de CHARDONNAY, 30% de GARNACHA BLANCA y 30% de SAUVIGNON BLANC

En este vino, por ser blanco, hay que hablar de conceptos totalmente diferentes en la combinación de sus tres variedades.

La Chardonnay le aporta aromas de maracuyá y fruta de la pasión, que junto a  la Sauvignon Blanc con sus reminiscencias florales y esos aromas de hueso y citrícos propios de la  Garnacha Blanca, se consigue un equilibrio entre el caribe y el mediterráneo imposible de olvidar.

 

DELIZIA : 75% de SYRAH y 25% de MORISTEL

Con este vino tengo el antojo de combinar una variedad como la Syrah, que cuando se quiere destinar a elaborar un rosado despliega todo un abanico aromático,  desde fruta roja a fresa pasando por las notas propias de las tropicales.

Y  en el intento de hacerlo más complejo y sedoso se combina con la Moristel para conseguir un paso en boca más complejo y equilibrado.

 

Y para finalizar comparto mis reflexiones

Como viticultor que ama su trabajo, en cierta manera siento que puedo cincelar la materia prima como si de una escultura se tratara. Sé que de mi acierto o de mi error nacerá algo excelso o mediocre y por ello no descanso hasta que el resultado final me deja en calma.

Y al final, cuando las cosas salen bien llega el momento de presentar a la sociedad el fruto del trabajo de uno o varios años. La sensación de plenitud es total cuando por fin lo que había imaginado se ve plasmado en una botella.

En definitiva, esta actividad no es solamente un trabajo, es la forma que tiene la persona que se dedica a ello de poder plasmar físicamente un sentimiento y una pasión. Es una forma de expresarse a través de un fruto que la naturaleza nos da, como la piedra para el escultor o como las pinturas al pintor.

Por eso no hay que tener prejuicios a la hora de catar un vino que, aunque sea desconocido por haberse hecho en un sitio pequeño y en la mayoría de los casos ignorado, no significa que no sea de una calidad extraordinaria.

Hay que tener en cuenta que los sentimientos van más allá de un negocio, porque se vive por y para él. Se trata de sufrir sus avatares y disfrutar cuando el resultado final es igual que el boceto que tenías plasmado en tu cabeza.

Virginia Madsen lo representó maravillosamente en la película Entre Copas cuando en una escena de la película se le escuchaba decir:

“Me gusta pensar en la vida de un vino. En que es una cosa viva. Me gusta pensar en qué pasaba el año que crecían las uvas. Me gusta pensar en toda la gente que cuidó y recogió las uvas. Y si es un vino añejo, en cuántos de ellos deben estar muertos. Me gusta ver como un vino sigue evolucionando. Por ejemplo: si abro una botella de vino hoy sabrá distinto a como sabría si lo hubiera abierto otro día. Porque un vino embotellado en realidad está vivo y evoluciona y adquiere complejidad constantemente hasta alcanzar su punto álgido y entonces empieza su constante e inevitable decadencia. Y si además el vino es bueno tiene un sabor que te cagas.”

 

Toda esa magia evocadora es lo que me motiva como viticultor y bodeguero a levantarme todos los días para que mi trabajo se pueda guardar dentro de una botella para el  deleite de quien quiera probarlo.

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